Ciudadana del mundo, de aqui y de allá. Enamorada de la vida y agradecida de Dios. Le canto al amor en todos sus matices.







7/15/2008

Por los niños que sufren



Hoy, escribo por los niños que sufren. ¡Cuánto dolor, Dios!...Apiádate de ellos.

Mil millones. Ese es el número de niños que, según el informe anual de Unicef, sufren el acoso de la miseria, la guerra o el sida. Otro informe dado a conocer al mismo tiempo, éste de la FAO, calcula que son cinco millones los niños del Tercer Mundo que mueren cada año por hambre o malnutrición. Es un buen asunto para detenerse a pensar en él en medio de uno de esos hipermercados del juguete donde muchos de ustedes se habrán encontrado preguntándose qué diablos escoger para la hija, el nieto o el sobrino que tienen sus cuartos llenos de los más sofisticados artilugios. Por si a pesar de esos datos no experimentan ningún sentimiento especial o no se les ocurre ninguna idea, ahí les van más números: casi dos millones de niños han perdido la vida en alguna de las 59 guerras declaradas desde 1990. Otros tantos padecen el sida, enfermedad que en 2003 dejó 15 millones de huérfanos sólo en el continente africano. La esperanza de vida de un nativo de Zambia es de 33 años, mientras que en la mayoría de países europeos rebasa los 80.

640 millones de menores viven a la intemperie o en sus arrabales, en condiciones infrahumanas. El agua potable no llega a 400 millones de pequeños. En cuanto a otros bienes y servicios considerados esenciales para la infancia, en el mundo hay 140 millones de criaturas que nunca han ido a una escuela ni recibido formación alguna; 90 millones carecen de alimentación básica; 270 millones están privados de atención sanitaria; y, en fin, 300 millones no tienen acceso a la información. Hay un punto en que la matemática se convierte en fantasmagoría, y me temo que estas cifras lo rebasan con creces. Las leemos con cierta perplejidad distante. De puro descomunales, sobrepasan nuestra capacidad de raciocinio y, si algún espanto provocan, no es mayor que el de un pasajero escalofrío que invita a darles la espalda para buscar estancias más caldeadas. Las nuestras, por ejemplo, las del primer mundo tan satisfecho de sí mismo que se puede permitir el lujo de firmar un pacto de no agresión televisiva contra la infancia. Estupendo. Nadie en su sano juicio se opondría. Pero me pregunto si en ese horario protegido donde nuestros niños se van a encontrar a salvo de tarados, bestias, pervertidos y desalmados, tendrá cabida la información de toda esta otra enorme injusticia. Reconozco que es un dilema, pues así como nada hay más obsceno que semejante recuento de desdichas, sería muy educativo mostrar a nuestros niños la situación en que malviven sus semejantes menos afortunados. Claro es que entonces empezarían a hacer preguntas inconvenientes.
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"No podemos echar a perder la vida de nuestros preciosos niños. Ni un niño más, ni un día más. Hace ya mucho tiempo que deberíamos haber actuado en su nombre."

Nelson Mandela y Graca Mache

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Los números, es verdad, acaban enturbiando nuestras mentes.No por ello hay que dejar de mostrarlos.Los números cantan.En esta ocasión la letra que cantan se entiende muy clarito:Sois unos miserables. la pena es que muchos de los niños de los que hablas no pueden tan siquiera entender estas cifras.

Marysol Salval dijo...

Muchas gracias, Jusamawi, por responder amablemente a este artículo.Estos datos estadísticos nos enfrentan a una realidad terrible que pone en tela de juicio el compromiso de los gobiernos, el sector privado y la comunidad internacional para cumplir con los Objetivos de Desarrollo del Milenio y el programa de Un mundo apropiado para los niños. Pero sabemos lo que es preciso hacer: lo que se necesita es la voluntad para convertir las palabras en medidas concretas.
Un abrazo con afecto para ti.