Ciudadana del mundo, de aqui y de allá. Enamorada de la vida y agradecida de Dios. Le canto al amor en todos sus matices.







6/06/2008

Confitero del recuerdo


Una vez, cuando era yo una niña, leí un cuento de dos hermanitos que se extraviaron en el bosque y caminaron hasta encontrar una casa de dulce. La puerta era de oscuro chocolate; las ventanas, de blanquísima azucar cristalizada; y el techo estaba formado por tejas de caramelo rojo en forma de diamantes. Todo cuanto había leído en otros relatos ( bosques, castillos, jardines) palidecía en mi mente infantil al compararlo con aquella casa de dulce. Me imaginaba a menudo a aquellos dos niños desprendiendo piezas del techo y ventanas y comiéndoselas, y cómo el dulce sabor llenaba sus bocas y fluía por todo su cuerpo. Me encantaban los caramelos y confites: grandes o pequeños, cuadrados o redondos, traslúcidos u opacos. Mi madre los guardaba en una cajita de metal, en lo alto de un anaquel de la cocina, que no podía yo alcanzar ni subiéndome en una silla. Hice muchos nobles sacrificios para conseguir alguno: tendía mi cama y guardaba mi ropa, hasta dejaba de ir a jugar a la casa de la vecina, y cumplía con ir a comprar el pan a la bodega de la esquina. La cajita de mi madre, era un regalo de una tía que se lo trajo de Europa, originalmente con caramelos ingleses primorosamente envueltos en papelitos de colores. La caja tenía pegado un dibujo polícromo que representaba a damas victorianas de largas y hermosas faldas que paseaban por un jardín palaciego llevando quitasoles. Al soñar con el confitero, sentí con frecuencia los primeros calambres del romanticismo. Mi amor por los caramelos abarcaba sus envolturas multicolores. Alisaba aquellos cuadros de celofán entre las páginas del grueso diccionario de mi padre, y los coleccionaba. En las tardes en que me sentaba junto a la ventana, a veces me sentía triste. Sacaba entonces la caja de mis tesoros que guardaba debajo de mi cama, colocaba ante mis ojos, uno tras otro, los pedazos de celofán, y escudriñaba el mundo a través de un intenso rojo, un brillante naranja, un azul marino, o un verde manzana. ¡Qué maravilla! ¡Qué deleite!.. Han transcurrido muchos años de aquello, ya no como casi nunca dulces, pero cada vez que voy al supermercado me detengo ante los anaqueles de golosinas atractivamente envueltas, y recuerdo el dulce consuelo que me ofrecían los confites en mi niñez....A veces, cuando la vida me parece amarga y adversa, conservo la fe en su aspecto más luminoso, porque mi primera impresión de alivio en los momentos de tristeza fue de grato dulzor.

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