Ciudadana del mundo, de aqui y de allá. Enamorada de la vida y agradecida de Dios. Le canto al amor en todos sus matices.







6/06/2008

Recuerdos de sobremesa


Mi padre creía que el pecado más grande que podía cometer uno, era irse a la cama cada noche tan ignorante como al despertar. "¡Hay tanto que aprender!", afirmaba. "Si bien nacemos ignorantes, sólo los auténticos ignorantes permanecen en ésta condición". Para asegurarse que ninguno de sus hijos cayese jamás víctima de la propia complacencia, papá insistía en que aprendiésemos por lo menos algo cada día, aunque se tratara de un leve chispazo de información.

La hora del almuerzo parecía ser el foro perfecto para compartir lo que habíamos aprendido ese día. Para mí, que era la más pequeña de la casa, aquello me parecía excesivo; sin duda, al comparar esos intereses paternos con los de otros progenitores, concluía que papá era un tanto raro. Me obligaba a buscar con antelación al almuerzo alguna información en los libros de la casa para que no me pillara desprevenida.

Aún recuerdo la mesa colmada de buena comida, todo podía escasear, pero mi padre jamás dejaría a un hijo sin alimentar. El almuerzo  constituía una ruidosa ocasión, con tintineantes platos y animadas conversaciones. Al cabo, llegaba el gran final, el momento que yo más temía; la hora de compartir los nuevos conocimientos del día. En la cabecera de la mesa, papá echaba su silla hacia atrás, se servía un vaso de vino, y examinaba atentamente a su progenie. Esto siempre ejerció un efecto inquietante en mí mientras mantenía la vista fija en el jefe de familia, esperando que dijese algo. Él me explicaba que si él no se daba tiempo para observarnos, pronto creceríamos y no quería perderse la oportunidad de ver cómo lo hacíamos. De pronto su máxima atención se concentraba en mí. ¡Dios!

 - A ver, Mary, María guata fría - señalaba, bromeando, le encantaba hacer rimas chistosas con nuestros nombres- Dime qué has aprendido hoy.


- Aprendí que la población de Nepal es...

Silencio. Siempre me asombró que nada de lo que yo dijera le resultara demasiado trivial. Primero él reflexionaba en lo que había mencionado, como si de ello dependiera la salvación del mundo.

- La población de Nepal... ¡Muy bien Mary! Trae el Atlas para que podamos aprender donde queda Nepal.

 Y la familia emprendía la búsqueda de Nepal. El almuerzo no terminaba sin que nos hubiéramos ilustrado con media docena de datos como esos. En retrospectiva, ahora comprendo el dinámico método didáctico que papá nos ofrecía, casi sin darnos cuenta, nuestra familia se alimentaba no sólo de comida sino de conocimientos y vivencias al tiempo que enriquecíamos la formación de todos y,  en ese sentido, al observarnos y escucharnos, al respetar nuestras aportaciones, al afirmar nuestro valor como personas y al dotarnos de un sentido de dignidad, papá era sin duda, nuestro mejor maestro.


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