la callecita dormida
escoltada de ciruelos
con sus ramajes fruncidos
profanados de invierno.
Otra vez a la memoria
el adoquín que contuvo
aquel adiós y su abrazo,
tanta pérdida acomete
estruendosos martirios
y todos sus relámpagos.
Ni una sombra puede verse,
ni el dandelion que crecía
por las grietas amarillas
de los viejos adoquines
que uno a uno se persiguen.
Solo el frío que fulmina
y los faroles lánguidos
desenredando sus haces,
fluyen laxos por la acera
de la calle que termina,
se ahogan en los charcos.
Mas mi mente persiste
y rescata lo intangible,
¡cuán extraña rebeldía,
cuán santo privilegio
que incuba mi existencia!
Como hace el árbol,
sólo adormece la flor
al tiempo, sus bondades
y aromatiza al sabor
el sueño, a los ciruelos.
Callecita que hibernas
el gozo y la esperanza,
muda esperas cada día
que se acalle el invierno
y que derroche la vida,
yo volveré a mirarte
lo sé, volveré a visitarte
otra vez, en primavera.

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