Pintura: José Manuel Merello (Madrid, 1960)

Hace falta extasiarse en luz para subir a la cima,
lo sobrio de la oscuridad puede llevar al abismo.
El problema se encuentra en el rigor del mareo,
barriles hasta el tope de esencia iluminante
alteran la mirada y emborronan el paisaje.
Luego llega la adicción, intolerado brillante
que va derramando sus refulgentes dopajes,
se parece al tipo aquél que vemos en la calle,
un hombre atrevido, habilidoso y tan campante
con orín traza su firma por veredas y pasajes.
Han contado de él las preocupadas comadres
que beodo no es, sólo un mísero desvariante
que olvidó todo, menos el orinado encuadre.
Hay que tener cuidado con tanta iluminación
donde se agita y se bulle hasta llegar al desmadre,
tanto rayo y centella se vuelve regurgitación,
excesos rutilantes que sólo manchan el ropaje.
Es verdad que extasiarse en luz impulsa, eleva y anima,
mas una embriaguez supina es muestra de cretinismo.

Hace falta extasiarse en luz para subir a la cima,
lo sobrio de la oscuridad puede llevar al abismo.
El problema se encuentra en el rigor del mareo,
barriles hasta el tope de esencia iluminante
alteran la mirada y emborronan el paisaje.
Luego llega la adicción, intolerado brillante
que va derramando sus refulgentes dopajes,
se parece al tipo aquél que vemos en la calle,
un hombre atrevido, habilidoso y tan campante
con orín traza su firma por veredas y pasajes.
Han contado de él las preocupadas comadres
que beodo no es, sólo un mísero desvariante
que olvidó todo, menos el orinado encuadre.
Hay que tener cuidado con tanta iluminación
donde se agita y se bulle hasta llegar al desmadre,
tanto rayo y centella se vuelve regurgitación,
excesos rutilantes que sólo manchan el ropaje.
Es verdad que extasiarse en luz impulsa, eleva y anima,
mas una embriaguez supina es muestra de cretinismo.
Maryol Salval
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