Pintura: Tesa Cano (Andalucía)

Es la hora inevitable, la marcha
para comenzar de nuevo,
sacudir el polvo, baldear los rincones
blanquear las huellas del recuerdo,
y nos ponemos luego afuera
con el corazón cortado en trozos
repartidos en cajas que se aplastan,
con el dorso apretado en la muralla
sosteniendo la aldaba de la puerta
negada, obtusa, violenta a la intemperie
con los dedos crispados
y las palabras sombrías.
Soltar y no hay de otra,
no se trata de edad ni de firmeza,
no es asunto de género tampoco,
sólo se yergue el árbol bamboleante
obstinados los pies sobre la tierra
a pesar de la ventolera que flamea
insistente en jirones el cuerpo.
¡Qué pensarán las partes que se dejan,
qué sentirán los trozos que se lanzan,
es inútil que digan que de a poco
no se mueren las cosas que se apartan!
Iniciar la marcha y ella se sube
desgarbada a nuestra espalda
con una mueca ruinosa
ilustrada de rouge barato entre los labios
frente al paroxismo insomne
de nuestro desprendimiento.
No voltear la mirada,
valiente y así mismo cobarde
en total simbiosis inmutable,
hipocampo en un mar confuso
agitando su aleta dorsal
tres veces y media por segundo
para no declinar el eje en la marea.
Pa' lante sin aspavientos gangosos
mojados de mocos en toallitas ajadas,
pa' lante silbando bajito hacia dentro,
así de sencillo, respirando tardío,
descifrando charadas y recogiendo señales
como migas de pan desparramadas
por el hado caprichoso del destino.
Marysol Salval
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