Es domingo todavía al alba
y el sol gentil va subyugando
poco a poco la helada.
La joven tendida
sobre cartón y periódicos
en un rincón de añoso edificio
despierta la resaca cruel
al frío amanecer, y la hiere,
un cobijo gris y pordiosero.
Hecho lágrima y polvo el cuerpo,
un dilatado vacío
en el estómago enjuto
es cuchillo afilado que se hunde
hasta sus frágiles huesos.
Abrigado al colgajo de su magro seno
su recién nacido duerme aún
más, de vez en cuando
sobre el oscuro pezón
mueve los diminutos labios
en una acción refleja de lactancia.
Es mejor que mi hijo duerma,
-piensa- si despierta llorará,
llorará tanto, ay mi niño, llorará
y el hambre no hallará consuelo.
- Duerme, chiquillo, tranquilo,
no es de mañana todavía,
chupa, chupa leche calentita
de la teta amorosa de tu madre,
si no puedes, no te turbes, saldrá sangre
que también te nutre, también te sirve.
Ella observa la calle silenciosa,
tan desnuda como sus rotas manos
cansadas de arañar limosna.
Por la vereda de enfrente
súbito ve a un hombre que pasa,
noble señal, quizás la acepte.
-No se aleje, buen caminante-
Le vocea alto, levantándose presto
y sacudiendo harapos,
-compartamos un momento
de agradable esparcimiento,
unas monedas requiero
para una sopa tibia, más tarde.
No es por mi, sabe, es por mi nene
que llora y llora cuando mama
y la leche empecinada no sale.
No se aparte, caminante,
haré lo que usted quiera,
vendo un grato esparcimiento
por pocas monedas solamente
que para usted casi no valen.
El hombre se estremece
ante la triste estampa de lo joven,
y hurgando en sus bolsillos
un par de billetes le regala.
le desea, sincero, desde el alma
vida, salud y mejor suerte.
Es domingo todavía al alba
y el sol gentil va subyugando
poco a poco la helada,
una ofrenda divina al final del invierno,
fue noble dádiva a cambio de nada.
Marysol Salval
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