Ilustración: Claudia Tremblay

Hay cosas que duran,
les basta unos momentos
para quedarse por siempre.
Las palabras precisas,
por ejemplo,
las notas de una canción
al ritmo de hojas pardas
en el viento.
El olor a tierra mojada,
a madera y a añosos libros.
Un cesto lleno de naranjas
en una tarde veraniega
y una taza tibia entre las manos,
un té dulce junto al fuego
y el estruendo azul
de un relámpago
rascando la ventana.
El temblor de la luna
tras la llovizna
y la risa limpia de los niños.
La paloma alimentándose
en la mano del anciano,
el beso adolescente
en un rincón oscuro
y la rosa que se abrió
aquel día de enero.
Hay cosas que duran,
un ramito de lavandas
en el cajón de tesoros,
el sabor del chocolate,
el rubor de la niña
ante el error cometido,
la piedra lanzada y recibida,
la caída que enseña
y el camino andado.
Sobreviven felizmente
esta colección de cosas,
tan grandes y a la vez
tan pequeñas, tan ligeras,
emotivas, tan efímeras
y tan duraderas.
Marysol Salval
Derechos reservados.
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