Pintura: Alexander Dzigurski (Yugoslavia)
Te hablaré del mar y de su señorío inmenso,
¡cómo tan espléndido, cómo tan rumboso!,
frunce cada tanto su colosal llanura
y pertinaz sacude la cabellera blanca,
pero es azul, más azul que todos los cielos.
Te hablaré de él porque me asombra,
lo he visto bailar rumoreando baladas,
matraquea entre sus grandes manos
restos añejos de nacarados moluscos
que acompañan el son de sus salmodias
a veces broncas, a veces calmadas.
El mar es viejo, más que los hombres
y más sabio que los confines de la tierra,
cobija al sol y seda el ocaso en sus vaivenes
para saludar después a la luna que coqueta
se mira en el acuoso espejo de su manto.
Mientras danza, espiritoso segrega
un aroma intenso de algas y corales,
sobre él las aves vendimian dádivas
y ofrece el pecho hidalgo a los navíos
que se lanzan a cosquillear sus márgenes.
El mar es bueno en aparente fiereza,
ama a la humanidad a pesar que lo descuida,
con el viento es que se enoja y corcovea
con el viento es que se enoja y corcovea
porque siempre lo provoca y lo perturba.
A veces llora triste como disculpándose
por los barcos hundidos y los náufragos
que arrastró sacudiéndolos en sus oleajes,
recita así sus nombres en ronca letanía
para que sepamos que entrañable
acunará perpetuo sus hierros y osamentas.
Nosotros lo escuchamos conmovidos
rememorando a los hundidos y ausentes,
y junto a él repetimos el lamento funerario
para honrarlos en su ensueño de paz,
eternos, en salobres y húmedos féretros.
Escucha, es el mar del que hoy te hablo,
¡cómo tan dadivoso, cómo tan inquieto!,
créeme, sólo lleva vida en sus índigas estrías
para calmar el hambre de los pueblos,
para calmar el hambre de los pueblos,
ruidoso y perturbado danza y canta,
es verdad, cada día reiterante el pobre viejo,
pero no le temas, no es desquite el desvarío,
lo molesta el viento, el mar es bueno.
Marysol Salval
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