Entre el boscaje agreste que la aldea acotaba
hubo un hombre que gustaba andar en solitario,
de los riesgos su mujer juiciosa le advertía
pero el tozudo andante la ignoraba sin dudarlo.
Una tarde gris tras una larga caminata
arribó a la puerta de una gruta entre los cardos
enredados en la falda de un alcor escondido.
Fisgó allí el varón, y un haz de luz tocó su rostro.
Aquella claridad reflejada de cristales
estalló de golpe la sorpresa en su mirada
al ver una Antríade que en lo oculto de la cueva
lo atraía hechicera hacia el vientre de la tierra.
Sintió de pronto su voz de ardor irresistible
que susurraba en su oído ofrendas deliciosas,
entregado a las mieles del hálito indecible
se adentró en la caverna al encuentro de la ninfa.
En lo profundo, el paisaje azul y majestuoso
lo turbó por encima de todo entendimiento,
se sintió extasiado en el núcleo subterráneo
ante un mundo irreal, supremo, sobrehumano.
Así el hombre no pudo frenar el embeleso
de la ninfa voraz que su vida pretendía,
no comprendió insensato que el mal agrede a veces
entonando un canto de dulzura y de prodigio.
No salió nunca más, eso cuenta la leyenda.
Aquel hombre seducido por la bella Antríade
en la lóbrega entraña insondable de la tierra
hechizado y cautivo se quedó para siempre.
hubo un hombre que gustaba andar en solitario,
de los riesgos su mujer juiciosa le advertía
pero el tozudo andante la ignoraba sin dudarlo.
Una tarde gris tras una larga caminata
arribó a la puerta de una gruta entre los cardos
enredados en la falda de un alcor escondido.
Fisgó allí el varón, y un haz de luz tocó su rostro.
Aquella claridad reflejada de cristales
estalló de golpe la sorpresa en su mirada
al ver una Antríade que en lo oculto de la cueva
lo atraía hechicera hacia el vientre de la tierra.
Sintió de pronto su voz de ardor irresistible
que susurraba en su oído ofrendas deliciosas,
entregado a las mieles del hálito indecible
se adentró en la caverna al encuentro de la ninfa.
En lo profundo, el paisaje azul y majestuoso
lo turbó por encima de todo entendimiento,
se sintió extasiado en el núcleo subterráneo
ante un mundo irreal, supremo, sobrehumano.
Así el hombre no pudo frenar el embeleso
de la ninfa voraz que su vida pretendía,
no comprendió insensato que el mal agrede a veces
entonando un canto de dulzura y de prodigio.
No salió nunca más, eso cuenta la leyenda.
Aquel hombre seducido por la bella Antríade
en la lóbrega entraña insondable de la tierra
hechizado y cautivo se quedó para siempre.
Marysol Salval
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