Kiko llega siempre muy temprano, levantando nubes de polvo con su camioneta. Descarga sus herramientas y empieza a trabajar. Pinta y repara, hace trabajos de carpintería, electricidad, gasfitería y jardinería. Sabe pavimentar las entradas de los garajes y arregla los televisores. Kiko es un hombre de manos hábiles aunque le falta un dedo en la mano derecha. Dice que lo perdió trabajando en un taller en sus épocas de estudiante. Es alto y delgado, lleva el pelo corto y viste un mameluco gris para proteger su ropa. Trabaja para varios vecinos de mi zona, y yo lo llamo de vez en cuando al Condominio en el que trabajo y también a mi casa. Kiko toca las cosas como los escultores, con el aplomo de quien trabaja con las manos. La madera es su mármol. Sus dedos recorren la superficie buscando no sé qué. Pienso que es su forma de saludar, de acercarse a la madera como el jinete se acerca al caballo para tranquilizarlo. Sus dedos ven lo que sus ojos no pueden percibir. Yo me siento perdida con la madera y las herramientas. Carezco de los conocimientos más rudimentarios sobre cómo se construyen las cosas. Sé usar los objetos que me rodean, pero no sabría armarlos. Cuando se me descomponen, los repara otro. En el mundo de Kiko ningún objeto encierra un misterio, porque él mismo lo hizo, lo reparó o lo desarmó. Todas las personas que conocemos a Kiko, sabemos que el trabajo que él realiza es auténtico y de calidad. Al terminar el día, Kiko recoge sus herramientas, las coloca en la camioneta, y se va, dejando tras sí una nube de polvo y por lo menos a una persona que se pregunta por qué se le paga tan poco por algo tan valioso. Por otra parte, su labor es callada e individual, sin juntas ni memorandos. Kiko está sólo con sus pensamientos, y es el amo y señor de cuanto tiene entre manos. Me parece que es una excelente definición de la libertad.
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