Miguel de Cervantes, Príncipe del ingenio, Manco de Lepanto… Hombre de muchas contradicciones que revolucionó las letras hispanas, soldado por desafuero, novelista por convicción, poeta irónico y certero, dramaturgo con una gran experiencia enriquecida con conocimientos sobre gentes, lugares y situaciones, su vida y su obra reflejan el proceso de maduración profunda, en todos los sentidos, de un hombre entregado a sus ideales, primero militar y luego literato, con ahínco admirables.
La vida le ofreció la cara adversa; pero este mismo hecho posibilitó la más grande obra de nuestra literatura, El Quijote, novela polifónica, llena de puntos de vista y complejidad, no se hubiera podido escribir en el vivir gozoso y entusiasta, no por falta de madurez literaria, sino por carencia de madurez espiritual.
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor…”
Enfrentarse siendo niña a las abundantes páginas del Quijote era poco menos que una tarea titánica, pero mi padre insistía. Aun conservo los dos grandes volúmenes, de empaste duro, cuyos títulos rotulados en letras doradas llamaban mi atención. Ocupaban un lugar destacado en la biblioteca de papá, y ahora, después de su muerte, lo hacen en la mía.
El Hidalgo Alonso Quijano, llamado por sus vecinos el Bueno, enloquece leyendo libros de caballeros andantes. Las peregrinas fantasías de este pobre loco que, acompañado de su rudo y fiel escudero, Sancho, sale al mundo en busca de aventuras…
Cada tarde debía leer una página en voz alta, y mi padre sentado cómodamente en su sillón, me escuchaba con suma atención. Poco a poco fui internándome en el mundo fantástico de aquel intrépido caballero. Ante mis ojos infantiles, sus aventuras regocijantes me aparecían verídicas, hasta las que sometían al pobre andante en el ridículo más inimaginable, entonces yo, conmovida, lloraba amargamente. Recuerdo haberme escondido en un rincón de mi casa, no quería que mi padre me viera triste después de la lectura, lamentando tanta penalidad inmerecida.
Con el paso de los años he tenido otros acercamientos al Quijote y la madurez que conduce al entendimiento de la ironía y la parodia, me han llevado a internalizarlo de otro modo. No puede sorprender ahora la cantidad de carcajadas que sus personajes han sido capaces de arrancarme. El fino humor que tiñe cada experiencia narrada magistralmente, y sobre todo la humanidad que emana de los dos personajes inmortales de Miguel de Cervantes, hacen del Quijote una de las obras maestras de la literatura universal. Una “joya” dirán algunos, un “relámpago de genialidad” diría yo, surgido de la pluma de un sensible escritor español: La novela de las novelas, la mayor sátira de la exaltación humana.
Para quien quiera mirar la literatura desde dentro, o desee enfrentarse al monstruo de la creación novelística, el Quijote debería ser un encuentro imprescindible. A pesar de que cuatrocientos años nos separan del momento de su creación, en él encontramos, mejor que en cualquier otro texto, la novela actual, con todos sus atributos filosóficos y cognoscitivos, personajes redondos frente a los planos, utilización de diálogos polifónicos adecuados, creación del suspenso mediante interrupciones, y, como colofón, el mecanismo novelístico más utilizado en nuestros días, la presencia de un narrador no fiable.
En una mirada insipiente, esta obra quizás pareciere un gran dinosaurio extinguido, pero les sugiero ser más perspicaces, con certeza, y ante tamaña grandeza, les aseguro que se estarían engañando...
Más, como dijo Don Quijote: “Cada uno es artífice de sus propias aventuras”
(Marysol Salval)
Chile, 20/04/16

No hay comentarios.:
Publicar un comentario