Cortó de pronto
una centella
una centella
el follaje en dos,
pero no hubo dolor
en ese embate.
Fue más bien una dádiva,
un mimo luminoso
que contuvo el temblor
silente del urbano arce.
Verdeclaro
de este invierno
la terneza del sol
entre el follaje helado.
Verdeclaro
aquel beso tibio
indulgente y fértil
que se posó en lo alto.
Ver - declaro
la radiante alegría
que compartió conmigo
el viejo árbol.
Marysol Salval
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